domingo, 20 de septiembre de 2015

Los Ángeles Confidencial


Ashton Kutcher no pudo haberlo definido mejor en aquella película: “De pequeños, Los Ángeles nos enseña a soñar. Decidme que vosotros no habéis aprendido más de las pelis que del colegio, y más de la tele de que vuestros padres. ¿Y qué aprendemos? Aprendemos a creer en cuentos de hadas.”
 

 

Esta es la historia de un chico y una chica, que siendo niños pasaron demasiadas horas delante del televisor. Tantas, que aquellas calles que hacían las veces de decorado de  películas, de series y de videojuegos, se convirtieron en unos lugares tremendamente familiares para ellos.  Avenidas salpicadas de palmeras altísimas, cielos azules todo el año, máquinas de matar con aspecto humano, playas infinitas con chicas en bikini patinando por el paseo principal, descapotables, la versión de Don McLean del “American Pie” sonando en la radio, rutas atravesando desiertos, gafas de sol, tablas de surf, carreras de coches de diez segundos, mansiones en Bel Air, dibus que conviven con detectives y otros humanos, un DeLorean a ciento cuarenta kilómetros por hora, extraterrestres que se cuelan en el trastero del patio de casa, la tarta de melocotón del Peach Pit y un señor, que mientras cruza un paso de peatones en Hollywood Boulevard, le pregunta en voz alta a todo el mundo: ¿cúal es su sueño? ¡Todo el mundo que viene a Hollywood tiene un sueño!




 

Y aunque ir a Hollywood nunca fue precisamente nuestro gran sueño, fue la idea  de fábrica de sueños  la que nos trajo aquí. Así de repente, porque lo cierto era que L.A. nunca había llegado a formar parte en serio de nuestros objetivos viajeros. De hecho hace unos años, investigué un poco en Google para ver cómo sería planear un viaje aquí, y la idea de estar metida en un coche todo el día autopista arriba, autopista abajo me horrorizó, ¿en L.A.  la gente no andaba? Pues parecía ser que no, que andar implicaba no tener coche, y no tener coche implicaba…bueno, no haber conseguido parte de esos sueños con los que se suele aterrizar en esta ciudad.

Estando aún en San Francisco, recién llegados y empezando a conocerlo,  nos faltó tiempo para tomar conciencia de donde estábamos realmente, y de que aquella fábrica de sueños y de estrellas estaba a tan solo unas horas en coche de nosotros. La idea de alquilar un coche americano y conducir hasta L.A. ya nos pareció una película en sí misma. Y nos faltó tiempo.  Así de locos totales, a mediodía del día siguiente de haber llegado a San Francisco, y no sin antes habernos dado una vuelta por el Golden Gate y  habernos parado a conocer Sausalito, pusimos rumbo a la ciudad de Los Ángeles. Y digo de locos, porque cogimos unas pocas cosas y sin saber ni dónde podríamos dormir aquella noche, nos montamos en el coche. ¡No está nada mal para alguien como yo, que sale ya de casa con los viajes planeados minuto a minuto!








 

Si Nueva York es la ciudad que te atrapa, te duerme y te hace vivir en un sueño a cada instante, Los Ángeles es la ciudad que te agita y que hace que te despiertes y mires a tu alrededor. Parece gritarte: ¿ ves? Lo que ves es verdad porque tu cabeza hace que sea verdad, realmente es todo es una ilusión, sólo eres tú. Los Ángeles, la ciudad de los helicópteros, los flashes deslumbrantes,  los coches de policía, la vida rápida, los destellos de las vallas publicitarias… justo como lo cantaban Rihanna y Kanye West “Coches veloces, estrellas fugaces, enciende todas las luces… quiero que veas todo, quiero que veas todas las luces”.














 

Cuando fui capaz de apartar la mirada de la ventanilla del coche y eché un vistazo a la lista de música que llevaba en el Smartphone y que nos había servido de banda sonora durante el camino hasta allí, y a las películas que me habían servido para no aburrirme en el avión unos días antes…me maravillé pensando que la mayoría de esas historias habrían nacido justo en esa ciudad, y de repente sentía que era aquí donde esas letras y esas imágenes encajaban como un puzzle y adquirían verdadero sentido, y sentía también cómo a miles de kilómetros de distancia de aquí, mitificamos y desvirtuamos todo esto demasiado. Más todavía.










 

Entre Sunset, Hollywood, Melrose y otros nombres que nos podrían transportar en una milésima de segundo a cualquier serie de televisión, se respira una naturalidad artificial pasmosa y de postal que sólo tiene sentido aquí. Todo y nada, hermosos y malditos, estrellas y caminantes, y alrededor de ellos, nosotros: los turistas de turno y espectadores de excepción de una atmósfera medio extraterrestre en la que no sabes muy bien en que bando estás. En L.A. nada es gris, y lo digo en más de un sentido. Así que, aunque a miles de kilómetros de aquí ya lo sospechábamos, es aquí donde ves que vivir todos los días en una fábrica de sueños no debe ser fácil.
 






 

Puede que suene a  trabalenguas, pero por aquellas calles miraba a mi alrededor, miraba a todo el mundo, y pensaba que si te despiertas ( o te despiertan), dejas de soñar. Y si sueñas demasiado, quizás pierdas la noción de dónde estás realmente. Los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, equilibrio difícil de mantener un día sí y otro  también, sobre todo aquí.

 

“- Quiero más.

- Ya sé lo que es querer más. Yo inventé ese concepto. La cuestión es cuánto más.

- Quiero el cuento de hadas.”

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Si vas a San Francisco...


…asegúrate de llevar algunas flores en tu pelo.

 

 

Lo cantaba Scott McKenzie allá por el año 1967. En plena era hippie, cuando todo era amor, flores, melenas, vestidos largos y algún que otro LSD.
 
 
 
 

Viajar a ciudades que han sido epicentros de la historia moderna en algún momento, siempre me hace plantearme que encontraré allí yo ahora, tantos años después. Porque la idea inicial que a casi todos nos hace  viajar a San Francisco, es un momento histórico-económico-social que quedó atrás hace unas cuantas décadas. Es aquí cuando nos solemos dar cuenta de que lo que nos encantaría realmente es hacer un viaje en el tiempo, además de en el espacio. Pero nos conformaremos con la esperanza de que los lugareños de la ciudad se hayan encargado, generación tras generación, de mantener intacto ese “espíritu”. Para que cuando vayamos encontremos un poquito de eso que hemos ído a buscar.


 
 




 

M y yo hemos tenido que hacer unos cuantos viajes en los últimos años para darnos cuenta de qué buscamos exactamente cuando hacemos la maleta y salimos de casa:  no buscamos museos (aunque a veces alguno famosillo cae), no buscamos monumentos, no buscamos restaurantes chic ni playas en las que tostarnos. Nos dimos cuenta de que buscábamos fusionarnos con aquellas ciudades a los que viajábamos. Escucharlas, respirarlas, sentirlas. Hacerlas nuestras. Hacernos a la manera de ellas, y volver a casa borrachos de Londres, borrachos de París, borrachos de donde fuera que íbamos. Y que para nosotros nada fuera igual a partir de entonces.




 
 




 

Así que estaba claro que antes o después íbamos a acabar aquí. En California. Buscando cosas que no siempre se pueden ver con los ojos o cogerse con las manos. Pasando de seguir ningún plan, porque el único plan que habíamos hecho era que no hubiese planes. Dormir cuando aparezca el sueño, comer cuando se sienta hambre, conducir hasta donde el GPS quiera  llevarnos, sentarte en el bordillo de una acera en lo alto de una colina a ver la vida pasar, mirar a los ojos a tu compañero de aventuras y recargarte como se cargan las baterías de los teléfonos,  tirarte en el césped de un parque a mirar las nubes, escuchar  a alguien que con su guitarra toca los acordes de una pieza de la gran Janis… Y justo ahí apareció, eso que habíamos ído a buscar, eso que no se puede coger, ni comprar, ni ver: la sensación de que en ese instante todo encaja y que nada más importa. Nada más y nada menos.
 










 





 
 
 
 

Mi San Francisco infinito, mantente hippie, mantente loco, mantente para siempre.